Relatos Breves

Noche quieta

Apenas la noche ensombreció al día todo comenzó a cambiar. Ocurre con sigilo, como siempre. La noche está quieta, solía decirme Saori. Al principio no entendía aquello de la quietud, pero con el pasar del tiempo poco a poco fui entendiéndolo. La quietud lo era todo en aquel lugar. Reptaba sobre todas las cosas vivas y muertas, se compenetraba en ellas y así podía permanecer para siempre.Esa noche cuando la oscuridad nocturna reinó por doquier Saori y yo salimos a recorrer las calles de la ciudad, las cuales se mostraban como las venas de un bosque: frías, desoladas, con una

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La vida sin nosotros

Difícilmente el gorjeo de los pájaros no nos distraiga por las mañanas. Sabemos que sucederá y esperamos el momento mágico. Primero es uno el que sobrevuela la copa la frondosa y abandonada de la glicina del patio, luego es otro y más tarde muchos más. Cantan y juegan con revoloteos bruscos y dóciles a la vez. Suelo mirar a Blanca cuando ese magistral acto se está llevando a cabo. Ella, al igual que yo, también espera ese momento y queda atrapada en un bucle infinito manteniendo su mirada enclavada en aquellas avecillas diminutas que juegan a vivir en plenitud. Parece

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Los habitantes del silencio perpetuo

A menudo reflexiono y tiendo a mirar la nada. La mirada se vuelve  roma, el cuerpo casi etéreo. Solo me abstraigo y dejo que todo mi ser repose cual calma eterna. Estando en esas reflexiones, en ese trance casi perfecto, cierto día recordé el pasado, más precisamente a quienes lo habitaron, justo en aquel lugar. Los recuerdos vinieron al azar, imágenes mezcladas, vivas, ciertos fulgores que se agolparon con la calidez del atardecer. Esa sensación de encontrarme distante me abordó por completo. La liviandad de mi cuerpo se hizo notoria. Todo dentro de mi memoria se movía, se oía, inclusive

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Invisibilidad

El pintor posaba con cierta gracia el pincel sobre el papel. Había cierta maestría adquirida por los años en tal acción. Fuera, los jardines rebosan de flores y la impronta primaveral se hacía notar. Nada quedaba fuera de su alcance. Pero para él apenas era perceptible. Su pintura lo absorbía por completo, se presentaba ante sus ojos como el centro magnético de un poderoso pozo que lo engullía todo En ese momento su modelo era un manojo de rosas resecas que posaban sobre la mesa. La luz indirecta que se colaba por el ventanal le daba a cada pétalo marchito

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Percepción

Una bandada de gorriones pasa rasante sobre nuestras cabezas. Giran y giran en el aire sin importarles nada. Es una clara expresividad de libertad. Los observamos con atención, nos distraen por un momento y creo que en el fondo anhelamos ser como ellos. Nos encontramos de pie, en una especie de claro, contemplando la infinitud del valle y la omnipresencia de dos cerros. El territorio parece extenderse hasta el infinito. Lo pienso así, no sé él. La mirada es abyecta, juega crudamente con los deseos y anhelos. Muchas cosas pasan por mi cabeza al contemplar esa fusión de tierra y

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Pájaro muerto

Depositó un pequeño bulto en mis manos. Lo hizo con suma delicadeza. El bulto estaba tibio. —Ten… —dijo.—¿Qué es? —pregunté con cierto aire de ingenuidad. Solo se limitó a mirar el bulto e instantáneamente unas cuantas lágrimas comenzaron a caer de sus bonitos ojos.Quité con lentitud el papel que envolvía al bulto. Inesperadamente la sorpresa me invadió: aquello era un pájaro muerto. —Enterrémoslo —dijo ella. Asentí. Caminamos varios metros debajo del camino de las acacias a la hora de la siesta hasta dar por fin con un claro en donde el tiempo parecía deternerse. —Este parece buen sitio. Allí, ambos

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