Invisibilidad

El pintor posaba con cierta gracia el pincel sobre el papel. Había cierta maestría adquirida por los años en tal acción. Fuera, los jardines rebosan de flores y la impronta primaveral se hacía notar. Nada quedaba fuera de su alcance. Pero para él apenas era perceptible. Su pintura lo absorbía por completo, se presentaba ante sus ojos como el centro magnético de un poderoso pozo que lo engullía todo

En ese momento su modelo era un manojo de rosas resecas que posaban sobre la mesa. La luz indirecta que se colaba por el ventanal le daba a cada pétalo marchito una suavidad doliente que lograba emanar un tono rosáceo añejado que representaba la perfección del paso del tiempo entre la vida y la muerte. El pintor observaba eso, tenía el don de percibir más allá de las formas y los colores. Siempre observaba con cautela los objetos que transmitía al lienzo. Nada podía quedar librado al azar. Todo se conectaba con el resto del universo y eso había que transmitirlo sin perder la magia oculta que la magnífica conexión usaba.

Fue un encargo especial aquello que lo mantenía confuso he hipnotizado en la pintura. Pocas horas antes el cartero había dejado la carta con la noticia: debía representar una bella fémina para una de las familias más aristocráticas de la ciudad. La paga era excelente y el desafío aún mayor. Su arte se había puesto a prueba. Pensó entonces en la musa, repasó mentalmente rostros y cuerpos de las decenas de mujeres jóvenes y viejas que solían desfilar por su estudio y ninguna lograba captar su atención mental al punto tal de definirla como la indicada. El modelo se hacía negar. Cada combinación de colores que el pincel dejaba sobre el papel dejaba a la luz un tono de acuarelas nuevo, fulgurante, que sacaban un esbozo de sonrisa del pintor. Sin embargo, el encargo lo tenía por demás preocupado. La tarea no se presentaba fácil.

Decidió entonces recorrer mercados callejeros, teatros y reuniones de alcurnia, casas de conocidos aristocráticos, talleres de pintores reconocidos y no se perdió ninguna celebración importante que se realizaba en la ciudad, y todo en búsqueda de alguna musa digna del encargo. A cada lugar que asistía observaba a cuanta mujer se le cruzaba con mucha discreción. No deseaba levantar sospechas ni pasar por descortés. Observaba los rostros, las actitudes, los movimientos corporales, las poses. Todo llamaba su atención. Incluso desnudó a las que no tenían pudor de su cuerpo y observó de reojo a las que jamás se hubieran dignado a desnudarse frente a él. Cada seno, pezón, curva y cabellos le llamaba poderosamente la atención. Perseguía un halo invisible que de repente se hiciera presente ante sus ojos indicándole que esa era la fémina que usaría como musa para conformar los caprichosos y confusos deseos burgueses. En esa persecución se fueron días enteros y semanas interminables.

Tras terminar su última obra de acuarelas decidió enmarcarla. Lo hizo con la misma paciencia con la cual pintaba. Finalmente ubicó el cuadro a orilla del ventanal y lo admiró por un largo rato. Detrás, en el jardín, la primavera seguía exultante, brindando nuevos brotes y coloreando todo a su alrededor. La joven cortaba nuevos pimpollos, efectuaba injertos y trabajaba la tierra de las macetas, aireándola y dándole nueva vitalidad. El pintor observó aquellos movimientos gráciles que se entremezclaban con la naturaleza, la primavera y las flores. Se dijo que aquello era hermoso. Reconoció la magnificencia en el acto y eso lo sobresaltó. Ya no posaba su mirada en el cuadro sino en la magia de los movimientos de la joven jardinera.

Definió entonces que aquel accionar casi mágico de la mujer se acercaba a la perfección y le indicaba que ella era la musa para su encargo. Feliz se dirigió al jardín y allí la tuvo de frente, en un manifiesto casi angelical para sus ojos. Con cierta timidez se presentó ante ella.

—¿Cómo logras tal belleza? —dijo el pintor a la joven.

Ella lo observó con pudor. Pensó en un primer instante que aquel hombre entrado en edad buscaba lo prohibido en ella y eso la alarmó en cierta medida. Sin embargo, en lo opaco de aquellos ojos, el hombre se mostraba respetuoso y sereno. No podía haber nada malo en él, pensó ella finalmente.

—¿Cómo logras realizar tantas tareas maravillosas con este jardín sin siquiera perturbarte?

Entonces ella entendió. No era su belleza física lo que aquel hombre admiraba sino a todo su ser, el que estaba más allá de la mirada vulgar de cualquier mortal. Sonrió. 

—No hago nada en especial, solo hago lo de costumbre, mi trabajo diario. Tal vez usted ve algo en mí que incluso yo no veo… —dijo la joven mujer.

El pintor asintió. Su nueva musa seguía embelleciéndose, ¿había aún más en ella? Era un verdadero tesoro por descubrir. 

—¿Podría hacer un boceto tuyo, aquí, mientras sigues conectada a tus flores?

Ella asintió. Comprendió entonces que el hombre extraño era un viejo pintor en busca de un modelo, de una musa que inspirara su arte. ¿Acaso podía negarse? Ella continuó con sus rosales, la hojarasca, la tierra, el acomodar un mechón de pelo detrás de su oreja, el quitarse el sudor con el dorso de su muñeca, el sonreír escuetamente cuando un pimpollo era quitado del tallo principal. Mientras, el pintor seguía bocetando, y jugando con sus pinceles. La conexión fluía y era total.

Tras terminar la obra la enmarcó y la envolvió en papel. Un mensajero la recogió y la llevó al seno de la familia aristocrática. El encargo estaba cumplido. Finalmente, el cuadro reposó sobre una pared totalmente desnuda. En él, una joven mujer cortaba un diminuto pimpollo con aire grácil y fino. La luz solar entraba difusa desde amplios ventanales iluminándolo. Detrás un bello jardín se exponía con magnificencia. Aquel pedazo de naturaleza resguardaba cierta invisibilidad majestuosa ante cualquier ojo avizor, y el cuadro, omnipresente, dejaba percibir poderosamente la belleza innata del alma humana.