Hamacas

En el patio trasero de la casa hay un par de viejas hamacas. Mi madre dice que están allí desde que construyeron la casa, que el primer dueño las construyó para que jugaran sus hijos. Supongo que debe ser verdad. A ciencia cierta no sé de dónde mi madre sacó ese dato, pero las hamacas aparentan tener la edad de la casa: los asientos de madera están desgastados, las cadenas que las sostienen están totalmente cubiertas de un óxido que hacen recordar a un barco hundido en el fondo del mar.
Más allá de las hamacas, detrás de la cerca que divide la casa del resto del mundo, hay un gran descampado. Muchos árboles han nacido en él, y sumando la zarzaparrilla con sus frutos rojos por doquier, lo hace parecer como un complejo bosque, antojo pleno de la naturaleza. Mi madre siempre dice que el límite de mis movimientos culmina en la cerca. Si la cruzo seguramente caerá sobre mi flacucho cuerpo una lluvia de golpes. Entonces entiendo que ese es el límite y hasta allí siempre llego.
Al hamacarme y elevarme en el aire observo el descampado. Mientras más me elevo más conozco de ese mundo exterior prohibido. Hay manzanos silvestres a lo lejos. A veces hay caballos. Otras veces veo alguna que otra persona caminando entre los árboles. Parecen juntar algo, tal vez algún fruto, o alguna planta medicinal. Los llamo los hombres enigmáticos. Yo puedo verlos, pero ellos a mí no, y eso me produce una sensación poderosa, la misma que siente un fisgón de naturaleza cuando se sabe en su salsa.

Cuando me hamaco al revés entonces veo la casa, ya desvencijada por el paso del tiempo. Me aferro con fuerza a las cadenas y me impuso más y más, dándome suficiente envión para lograr ver el techo. Esa sensación de altitud extrema me produce un hermoso desasosiego en las entrañas. Tras cada impulso experimento la libertad. El roce del viento en mi rostro hace que la sensación sea única. En verano es cuando más disfruto hamacarme. Mi madre suele observarme desde la ventana de la cocina, y muchas veces la veo gesticular y gritarme algo, seguramente un reto, por elevarme tan alto. Creo que en el fondo tiene miedo de que caiga y me haga daño. Después del accidente automovilístico de mi padre nunca logró reponerse, y su actitud protectora se exacerbó de una manera que muchas veces resulta asfixiante. Incluso mi padre se lo hace notar, pero ella, entre gestos y lágrimas, explica como puede, que somos lo único que la ata a este mundo, que sin nosotros su vida no tiene sentido. Ese modo de ver la vida que tiene mi madre me doblega, me hace sentir súmamente especial, pero a la vez me lleva a adquirir una fragilidad extrema de la cual no me es simple salirme.

Durante los días de verano algunos de mis amigos suelen venir a jugar a casa. Todos quieren hamacarse. Las hamacas son la gran atracción, como la vuelta al mundo en un parque de diversiones. Solemos turnarnos para ver quién se hamaca primero. A veces hacemos alguna apuesta ingeniosa y el ganador permanece el doble del tiempo hamacándose. Cuando soy el perdedor entonces el aburrimiento es incontenible. Creo que eso fue lo que hizo que mi padre hiciera un columpio extra con una vieja goma de camión colgada del árbol más viejo del patio. Finalmente, mis amigos querían siempre perder para columpiarse y no usar las hamacas. Aquellos divertimentos nos mantenían ocupados casi todos los días del año. Resultaban justos para que mis padres se libraran de mi presencia dentro de la casa y todo permaneciera con pulcritud y ordenado. El orden era casi una religión para mi madre, algo que mi padre en cierto modo odiaba. Él era todo lo opuesto. Le daba lo mismo una media sobre la mesa que en el cajón de la cómoda, o el vaso con agua sobre el alféizar de la ventana a estar en la mesada de la cocina. Esas cosas hacían bullir el interior de mi madre. A veces elevaba su malhumor hasta la misma altura que las hamacas solían llegar, y cuando eso pasaba yo debía de escabullirme, como sea, pues una tormenta de gritos, improperios y ademanes se formaban entre ellos. Justo en esos momentos pensaba que mi familia tenía fisuras, que no todo era contenido en un halo de felicidad perpetuo, y entonces corría al patio, tal vez a la cerca, o mejor a las hamacas, a elevarme lo más cerca posible de las nubes.

Pero el recuerdo que más acapara mi mente sobre las hamacas sucede una primavera. Creo tener unos nueve o diez años. Los días anteriores ha llovido y el sol primaveral hace resplandecer los nuevos brotes de los árboles y el césped comienza a desprender briznas nuevas, de un verde claro y brilloso. Incluso el aire se carga de primavera. Es un microclima por demás agradable y sé, interiormente, que es la antesala de un verano prometedor, donde podré jugar con mis amigos, pasear a orillas del lago, recorrer senderos con mi bicicleta y quedarme hasta tarde recostado en el césped del patio, observando el cielo e intentando darle caza al paso de algún satélite.

Esa primavera se instalaba como su antecesora, y la imaginaba así perpetuamente, hasta tener la edad de mis padres, o quizás más, teniendo la edad de mi abuelo. Sin embargo, no fue así. Hubo un día en que aquello cambió. Pasó como suelen suceder las cosas que impulsan cambios: de un modo abrupto, sin invitación previa. Atardece y mi padre llega del trabajo. Lo veo entrar a la casa cabizbajo, con su maletín a cuestas, pesándole como si llevara todos los días de su vida dentro de él. Apenas me vio hizo una mueca de sonrisa y prosiguió su camino hacia la casa. Yo quedé con mi mano alzada, la sonrisa a flor de labios y la mirada centrada en su nuca. Sabía que algo no andaba bien, pero no imaginaba qué. Años después, cuando entro a mi casa y veo a mis hijos jugando en el jardín siempre he de detenerme a besarlos, abrazarlos y charlar unos segundos con ellos. Eso redime aquella escena con mi padre. Hace que sienta que no cometeré los mismos errores.

Tras entrar a la casa la discusión con mi madre da inicio. Las voces van subiendo de tono y los gritos le suceden inmediatamente. Mi madre, como casi siempre, toma la delantera. Su verborragia era severa. Había en ella una facilidad de palabra que abrumaba a mi padre y lo empequeñecía, a tal punto de imaginármelo tan diminuto como un mísero insecto en un esquinero de una habitación a punto de ser aplastado por el zapato de mi madre. En eso mi madre aventajaba a mi padre por muchos cuerpos. Él solía arrojar frases sueltas, con cierto vigor verbal; pero era mi madre la que laceraba con sus palabras y frases, era ella quien dejaba el hilillo sanguinolento por doquier que drenaba de las heridas de mi padre. Y ese atardecer fue distinto a todos. De repente se hizo un silencio abrupto y entonces corrí a las hamacas. Comencé a hamacarme con más y más fuerza. Deseaba elevarme, lo más alto que pudiera. Y lo logré en poco tiempo. Al llegar arriba observaba el techo de la casa, el sol poniéndose, el aire cálido romper contra mi rostro. También sentía cómo mis propias lágrimas se desplazaban por mis mejillas hacia atrás, hasta perderse detrás de mis orejas. Las lágrimas brotaban por sí solas, sin estar atadas a ningún pensamiento. Y al bajar, cuando la hamaca iniciaba el descenso, observaba por la ventana de la cocina la discusión. El rostro de mi padre doblegado y el de mi madre exacerbado. Ella gesticulando y él en una pose de aceptación, de abatimiento total. Hay algo en esa escena que aun hoy me doblega. Algo que seguramente me formulé en ese momento y quedó atesorado en mi memoria, moldeado con el pensamiento y sentir de un niño de corta edad. Ese algo sigue siendo nocivo. Me hiere cada vez que busca emerger de las profundidades de mi memoria y desea mostrarse. Muestra una escena en donde los protagonistas, mis padres, parecen desconocerse y ser enemigos. 

Durante todo el rato que dura la acción de estar hamacándome la discusión continúa en la cocina. Hay intervalos de gritos y otros de silencios profundos. Miradas que se entrecruzan y lágrimas que brotan de ambos protagonistas. Lágrimas que de algún modo se mimetizan con las mías y tienen una salinidad por demás amarga. En ese momento no pienso, no siento, solo observo. Todo lo que mis ojos atrapan lo graban a fuego en mi memoria, y hoy siendo adulto intento no reproducirlo, no asemejarme en nada a aquellos interlocutores en mi propio escenario de vida. Cuando mi padre deja la habitación veo a mi madre sentarse a la mesa y cubrir su rostro con las manos. Está llorando. Todo aquello que expresó su cuerpo y voz ahora le cae encima como un tifón en medio del mar. Mi padre sale de la casa, esta vez sin su maletín. Sube al automóvil y se pierde calle arriba. Esa es la última vez que vi a mi padre.

Tras detenerse la hamaca salto de ella y caigo al césped. Las rodillas me duelen. Los ojos me duelen. El corazón me duele. Tiemblo como en pleno invierno. Algo realmente no está bien. Dentro de la casa ahora hay demasiado silencio. Al entrar a la cocina mi madre sigue sentada a la mesa, con su rostro oculto tras sus manos, sollozando. Detrás de ella las hamacas se mecen con lentitud impulsadas por una leve y cálida brisa. Las luces del vecindario se han encendido. Las primeras luciérnagas comienzan a salir. La primavera quiere empezar a embellecer todo para recibir al verano. No digo palabra alguna. Estoy detenido en el umbral de la puerta de la cocina, con el corazón latiéndome fuerte, sabiendo que aquel día es por demás especial, que jamás podré olvidarlo y que la vida se asemeja en demasía al subir y bajar de una hamaca.

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