Brotes de belleza

Durante un día de sol tenue cierto camino polvoriento se perdía en el horizonte como una víbora contorneante. El camino en sí representaba la melancolía misma. Por él algunos mercaderes solían transitar llevando sedas y provisiones a la ciudad, pero muchos lo esquivaban por la gran cantidad de ladrones que lo frecuentaban en casi todo momento.
Ese día por el camino un peregrino caminaba agobiado por el calor y el vendaval hacia la frontera. Su paso cansino hacía que la vida pareciera transcurrir con una lentitud extrema. Al llegar a una curva se detuvo, y en un pequeño santuario encontró a una joven arreglando un diminuto vergel alrededor de viejas estatuas de deidades.
—¿Tienes idea si falta mucho para llegar a la gran ciudad, muchacha? —dijo el peregrino.
La muchacha dio un respingo y observó con detenimiento al anciano. Al principio, en su primera impresión, hubo cierto rechazo a responderle, sin embargo, el anciano desprendía cierta aura melancólica que terminó derribando la coraza que su visión mostraba de él. Esta lo miró con cierta ternura y señaló el camino, indicándole al anciano una dirección que él ya conocía.
—Sé que es hacia allá, niña… Suelo orientarme muy bien, pero… ¿queda mucho camino por recorrer?
—No, no falta mucho. Solo unos pocos kilómetros.
—Kilómetros… —dijo con cierta vaguedad en el habla el peregrino—. Pocos kilómetros y llegaré a la gran ciudad, parece mentira…
—Entonces no cedas al cansancio. La ciudad es muy bella. Si has llegado hasta aquí unos pasos más y estarás en ella disfrutando de su belleza. Ya sabes, dicen que quien no conoce esa ciudad no logra conocer la belleza en sí.
—¿Y tú te lo crees, niña? ¿Crees que una ciudad puede envolver tanta belleza?
—No lo sé… No conozco esa ciudad. Nunca he estado en ella aún. Te preguntarás porqué estando tan cerca aún no la conozco, ¿cierto?
—No, no me lo he preguntado. A veces no todo debe tener un porqué o seguir los senderos de la lógica humana. Si no la has conocido habrá un motivo, y el cual seguramente será importante. Ninguna barrera te lo impide, al menos eso pienso… y mucho menos física: tienes dos piernas que tranquilamente pueden llevarte a ella —dijo el peregrino.
—Claro… nada físico me lo ha impedido. Solo que la belleza no me atrae.
Tras aquella afirmación el anciano se notó perplejo y sorprendido.
—Esa es una afirmación muy osada, niña. El humano sucumbe muy rápidamente ante la belleza. Si a ti la belleza no te atrae tal vez sea porque la misma siempre te está rodeando sin darte cuenta.
Casi sin entender las palabras del anciano la muchacha miró a su alrededor y solo contempló soledad, pastizales, el camino polvoriento y el pequeño vergel en torno a las estatuas. Nada le indicaba que allí había belleza alguna. Incluso ella misma por un instante se sintió poco agraciada con su belleza física.
—No lo entiendes, ¿cierto? —dijo el peregrino.
La muchacha meció su cabeza lentamente de lado a lado respondiendo a las palabras del anciano.
—Todo este ambiente que te rodea, inserta tú también en él, hace un cuadro único en el universo con una belleza indescriptible. Tú eres un verdadero santuario para el universo. Brillas en él con tu juventud y tu gracia. La vida y el mundo miman tus movimientos y se atreven a contemplarte desde el confín más distante, aquel en donde el frío y la oscuridad reinan sin tiempo. La belleza, muchacha, tiene brotes por doquier.
Sorprendida, la muchacha esbozó una sonrisa y dejó que sus pensamientos fueran atrapados por aquellas palabras.
Ya el sol comenzaba a esconderse tras densos nubarrones que nacían en el horizonte y el anochecer dejaba sentir su presencia.
—Sigue hasta la diminuta hilera de álamos, peregrino. Ese es el final del camino, y tras la curva ingresarás a la gran ciudad… —dijo la muchacha.
El anciano inició con gran trabajo y fatiga la marcha. Sus ojos, ya grises, divisaron los álamos a la distancia.
Tras unos pasos la voz de la muchacha atravesó el aire:
—Si vuelve por aquí dime qué te ha parecido la hermosa ciudad.
—Claro… lo haré… aunque seguramente deberá encadilarme demasiado con su belleza porque después de lo que he visto aquí difícilmente mi corazón se estremezca de igual manera.
Ella sonriente alzó la mano y saludó al viajero.
Él, con sus pasos diminutos se perdió en el camino que lo llevaban hacia los álamos, luego hacia la gran ciudad y tal vez a observar otro brote de belleza.

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