Noche quieta

Apenas la noche ensombreció al día todo comenzó a cambiar. Ocurre con sigilo, como siempre. La noche está quieta, solía decirme Saori. Al principio no entendía aquello de la quietud, pero con el pasar del tiempo poco a poco fui entendiéndolo. La quietud lo era todo en aquel lugar. Reptaba sobre todas las cosas vivas y muertas, se compenetraba en ellas y así podía permanecer para siempre.
Esa noche cuando la oscuridad nocturna reinó por doquier Saori y yo salimos a recorrer las calles de la ciudad, las cuales se mostraban como las venas de un bosque: frías, desoladas, con una perspectiva a ninguna parte, tal vez al infinito. Tomados de la mano caminamos en silencio, con todos nuestros sentidos latentes, atrapando toda sensación posible y disfrutando de la hermosa quietud.
—¿Lo sientes? —preguntó Saori.
Asentí.
Sentía perfectamente esa sensación de compasión que la noche tenía para con nosotros. Era húmeda y cálida a la vez, nos daba un cobijo invisible y aunque a cualquiera podía parecerle algo inhóspito y frío a nosotros nos alegraba el alma.
Así caminamos un par de horas. Recorrimos calles y más calles, incluso callejuelas desconocidas, que a la simple luz del día jamás hubiésemos conocido.
Todos los espacios parecían confluir en la quietud de la noche. Saori disfrutaba de ello. La noche sacaba lo mejor de nuestro interior y nos mostraba desnudos e indefensos ante la vida. Cuando el mundo dormía nosotros parecíamos vivir con más esplendor. Cuando el silencio aturdía nosotros gritábamos de extásis. En esa comunión nocturna radicaba parte de nuestro amor, de nuestro perfecto entendimiento. Éramos perfectas piezas de un rompecabezas que encastraban a la perfección.
—¿Acaso no vivirías eternamente en la noche? —preguntó emocionada Saori.
Y entonces titubeé. Seguramente lo haría, podría vivir junto a ella en la noche, pero no podía permitirme una eternidad sin el sol, sin la calidez de sus rayos. En mi titubeo estuvo el entendimiento de Saori. Ella comprendió con mi gesto que no debía ser todo oscuridad para tener felicidad y paz de espíritu. Bajo los rayos del sol también podíamos encontrar lo mismo. No pasaba entonces por la noche o el día, por la luz o la oscuridad, sino por la bendita quietud que ungía nuestro interior y lograba una verdadera comunión que nos fundía en un todo.
Saori sonrió y apretó más fuerte mi mano. Noté en sus ojos la mirada de la compresión y el entendimiento… también la de la aceptación. Inspiró con fuerza y relajó sus pulmones al exhalar. Un vaho se formó a la luz de la luna y se disipó en un santiamén. La quietud lo absorbió.

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