La vida sin nosotros

Difícilmente el gorjeo de los pájaros no nos distraiga por las mañanas. Sabemos que sucederá y esperamos el momento mágico. Primero es uno el que sobrevuela la copa la frondosa y abandonada de la glicina del patio, luego es otro y más tarde muchos más. Cantan y juegan con revoloteos bruscos y dóciles a la vez. Suelo mirar a Blanca cuando ese magistral acto se está llevando a cabo. Ella, al igual que yo, también espera ese momento y queda atrapada en un bucle infinito manteniendo su mirada enclavada en aquellas avecillas diminutas que juegan a vivir en plenitud.

Parece un pasatiempo tonto, un tanto inútil, pero nos divierte y mantiene atrapados por un par de horas. Durante ese tiempo nos olvidamos de todo. Solo concebimos un paréntesis perfecto de la naturaleza en donde somos meros espectadores. Nos mantenemos distendidos, pero en silencio. Observamos con sigilo. Por momentos suponemos que ellos, las aves y el resto del mundo, se percatan de nuestra existencia, pero no estamos muy seguros de ello. Pensamos que lo hacen pero que juegan a esa escena colosal y fantástica de que el mundo sigue girando y la vida cambiando.

Esa magia matinal hay veces que se extiende hasta el mediodía. Cuando eso sucede ambos sabemos que ese día tiene otro cariz. Incluso la naturaleza que nos rodea también parece percibirlo. La brisa es calma, el sol es tenue, la vida parece poder ser observada en cámara lenta. Cuando eso sucede me angustio. Siento una sensación angustiante en todo mi ser y pienso en lo maravilloso que sería estar vivo. Extraño esos momentos en que alzaba mi mano hacia el sol y los rayos la traspasaban, mostrando mis hilillos de venas y vasos sanguíneos, el fluir rojo de la sangre, la vida misma correr presurosamente dentro de mí. Atesoro en sensaciones y recuerdos esos momentos.

Antes todo parecía una vorágine que nos llevaba sobre una cresta gigante de la cual no podíamos bajarnos. Nuestros empleos, las obligaciones, el correr de aquí para allá, los compromisos sociales, las deudas, nuestros seres queridos, las enfermedades mismas. Todo era un tsunami constante y colosal del cual no podías jamás bajar de su ola más gigantesca. Blanca solía decirme que éramos unos osados y privilegiados pilotos, porque podíamos conducir cualquier cosa a gran velocidad sin estrellarnos. Y es cierto. Lo hacíamos. Sin embargo, nunca nos percatamos que en ese afán de conducir a la perfección y no estrellarnos la vida se nos escurría como arena de playa entre los dedos.

El despertar era un crisol. Apenas abríamos los ojos observábamos con detenimiento el techo, cada forma extraña de la madera del cielorraso, hasta que nuestros ojos se habituaban lentamente a la luz solar que inundaba la habitación. Nos quedábamos inmóviles durante unos minutos sabiendo cada uno que el otro estaba despierto. Luego buscábamos nuestras manos y al momento de sentirlas, la tibieza nos daba la exacta señal de tranquilidad, el saber que el otro estaba vivo y a nuestro lado, listo para iniciar un nuevo día en la vida.

Los días solían empezar de ese modo siempre. Era un sello cotidiano, una norma intrínseca de nuestras vidas. Luego, tras levantarnos, el día se presentaba de mil modos. Las mañanas con su magia, los mediodías con todo el trajín que conllevan, las tardes con su pausa y los anocheceres con el enigma que la vida misma envuelve y obsequia a la venidera noche. La sincronicidad era perfecta.

Pero también nuestros días tenían desiertos. Áridos y extensos. Por momentos sin horizontes. Todo se perdía en la lejanía y se volvía una utopía creer que podríamos salir de ellos. Tanto Blanca como yo caminábamos sobre la aridez, soportando el dolor y la presión del viaje. En esos momentos la comunicación se anulaba. Éramos distantes, ciegos, sordos, mudos. Solo un invisible hilo nos mantenía unidos. ¿Se cortará? Pensé muchas veces, pero jamás lo hizo. A pesar de nuestros resquebrajados pies tras tanta caminata estéril por esos desiertos, y el dolor que ello conlleva, ese hilo invisible no se cortó y nos mantuvo unidos hasta encontrar oasis que nos dieron vida y plenitud una y otra vez.

Las pinceladas de color aparecían por doquier mientras caminamos nuestras vidas. No te quejes, vive la vida, solía decirme ella. Y así lo intentaba hacer. Me adentraba en una burbuja y apoyando mis manos en sus paredes contemplaba todo cuanto la rodeaba como lo haría un niño explorador en sus primeras salidas al bosque. Observaba a mis hijos, a mis amigos, incluso a mis propios padres. Todos desfilaban por delante de mis ojos avizores. Lo observaba todo. Y así, con lentitud y asombro, aprendí a enfocarme en la plenitud del vivir. Moldeé con parsimonia la manera de interpretar la vida y mi paso por ella. Entendí mi conexión espiritual con mi compañera de vida y atesoré cada momento a su lado. Hubo días que sucumbía. Lo gris se plantaba entre las paredes de la burbuja y mi ser y el rumbo parecía perderse entre una bruma incomprensible. Esos días mancharon un poco mi historia. Escribieron páginas un tanto tristes y afectaron esa sincronicidad perfecta que teníamos con Blanca.

Fue en los últimos años de nuestras vidas en donde los pensamientos comenzaron a volverse por demás analíticos. Solíamos pasar largas horas en silencio sentados en la hamaca mecedora del patio, tomados de la mano, tan solo contemplando las plantas, los pájaros, el cielo. No había palabras, se comenzaron a extinguir sin darnos cuenta. Todo fue mutando a escenarios casi de mudez y táctiles. De vez en cuando un beso, una mirada, una mueca de sonrisa. La vida ya había pasado raudamente por delante y bastante de ella habíamos rescatado.

El peor desierto lo transitamos al final, cuando la aridez se hizo insoportable. En los ojos de Blanca no podía reflejarme y eso hería brutalmente mi corazón. Acariciábamos nuestros rostros como lo hacen dos niños que recién se conocen: se observan, se saben niños, pero ignoran quiénes son. El polvo del desierto nos maquilló con su sequedad y aspereza. Ambos podíamos sentirlo. Pensé en aquellas tardes cómo sería la vida sin nosotros y no pude imaginarla. No había escenas en mi mente. Se presentaba todo en blanco. No podía esbozar una vida en donde Blanca y yo no estuviéramos juntos disfrutando de la magia del gorjeo de los pájaros, de la tranquilidad de las mañanas, de la tibieza de la brisa estival, del aroma de las flores, del caminar juntos en medio de desiertos. Comprendí entonces que la vida no tenía ese significado que pensaba cuando la observaba desde dentro de la burbuja. Que esos mundos y seres que observé durante tiempo solo tenían sentido si ambos coexistíamos en el mismo espacio-tiempo. No había vida sin nosotros. Al menos no la vida que yo comprendía como vida.

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