Los habitantes del silencio perpetuo

A menudo reflexiono y tiendo a mirar la nada. La mirada se vuelve  roma, el cuerpo casi etéreo. Solo me abstraigo y dejo que todo mi ser repose cual calma eterna. Estando en esas reflexiones, en ese trance casi perfecto, cierto día recordé el pasado, más precisamente a quienes lo habitaron, justo en aquel lugar. Los recuerdos vinieron al azar, imágenes mezcladas, vivas, ciertos fulgores que se agolparon con la calidez del atardecer. Esa sensación de encontrarme distante me abordó por completo. La liviandad de mi cuerpo se hizo notoria. Todo dentro de mi memoria se movía, se oía, inclusive emanaba sensaciones y sentimientos que parecían tan reales…

Y aquellos habitantes de esa casa, los cuales me supieron tomar de las manos y llevarme a pasear entre los senderos de calas y dalias, los que me permitían esconderme en los rincones más distantes para imaginar y disfrutar mis mundos interiores, se hacían presentes con sus miradas, sonrisas y calidez de antaño. Aparecían con lentitud, mirándome, mirándose, jugando entre los rayos de sol.

Los habitantes invisibles, los que habían partido en días erróneos pero certeros, volvían uno tras otro cabalgando a través de las volutas de polvo que flotaban aquí y allá en la habitación vacía.

El sol cálido de la siesta de invierno parecía dibujar sus rostros en los vidrios sucios de las ventanas, incluso me pareció oír sus voces, sus risas, hasta sus onomatopeyas en esos momentos donde la vida se eriza y se vuelve bélica. Esos rostros cuyos ojos supieron mirar los míos y transmitir a su manera sentimientos y consejos, que en su momento jamás entendía, pero en mi vida contemporánea apreciaría como un verdadero tesoro encontrado en una isla, ahora se hacían presente y a su vez me señalaban la desfachatez del tiempo y del olvido.

“Mírame” —querían decirme— “aquí estamos, atrapados entre estas líneas cálidas de tiempo todavía mirándonos, hablándonos, susurrándonos, repitiendo una y otra vez las mismas escenas vividas sin pudor alguno. Aquí estamos los que alguna vez supinos tenerte en brazos, acunarte, sonreír al verte. Los que te hablábamos y aconsejábamos entre estas paredes, los que alguna vez también nos olvidamos de tu ser y dejamos que la vida te atrapase en sus fauces llevándote lejos de nosotros. Sí, aquí estamos, atrapados en los recuerdos de tu memoria, en la tiranía del tiempo y el espacio, en el silencio de esta habitación, en la calidez del sol de invierno, en tus momentos de reflexión. Estamos solos, muy solos… pero estamos…”

En medio de la habitación los rayos de sol se intensificaban, la luminosidad reptaba por las paredes despintadas y corroídas por el paso del tiempo. Afuera el viento sur agitaba las hojas del naranjo, del tilo, envolvía la casa por completo helando sus paredes, induciéndola a un letargo perpetuo. Era esa casa la que fue testigo, al igual que yo, de aquellos seres ahora invisibles. La casa que construyeron y amaron, la casa que los cobijó y les dio ganas de vivir, de trazar un surco y dejar simiente. Esa misma casa que ahora tenía su corazón frío y sus habitaciones desoladas.

Durante el trance de mi reflexión los seres invisibles se regocijaron por completo. Se mostraron como lo hacían antes, cuando el sol y la luna tenían una versión distinta de sí mismos. Mi memoria los accionó como una fina cajita musical encontrada entre los trastos de viejas ruinas. Allí volvieron a la vida, porque al final de eso se trata todo: de una verdadera operación de rescate, en la cual mis sentimientos, mi vida, y mi más profundo interior suelen conspirar para que no olvide de donde vengo, hacia dónde voy y quiénes fueron ellos, mis guías, los habitantes invisibles del silencio perpetuo.

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