Depositó un pequeño bulto en mis manos. Lo hizo con suma delicadeza. El bulto estaba tibio.

—Ten… —dijo.
—¿Qué es? —pregunté con cierto aire de ingenuidad.

Solo se limitó a mirar el bulto e instantáneamente unas cuantas lágrimas comenzaron a caer de sus bonitos ojos.
Quité con lentitud el papel que envolvía al bulto. Inesperadamente la sorpresa me invadió: aquello era un pájaro muerto.

—Enterrémoslo —dijo ella.

Asentí.

Caminamos varios metros debajo del camino de las acacias a la hora de la siesta hasta dar por fin con un claro en donde el tiempo parecía deternerse.

—Este parece buen sitio.

Allí, ambos acuclillados, escarbamos con nuestras manos en el suelo húmedo. Me dolían los dedos, a ella parecía que no. Una vez que el pequeño pozo tomó el tamaño aproximado para enterrar al pájaro lo deposité dentro.

—¿Sabes?, esta ave ha sido mi compañera por años. Tanto o más que mi propio padre.
—No digas eso —me apuré a decir—, no es comparable.
—Tienes razón, esta ave era maravillosa.