La hipnósis que la sirena le produjo al náufrago fue digna de admiración. En realidad, mientras estaba aferrado a la roca, mitad cuerpo fuera del agua y mitad cuerpo dentro, decidió cerrar sus ojos y dejarse acunar por el bello canto de la bestia. En el mundo inducido había valles, vergeles y mujeres desnudas y bellas. El miserable náufrago sonreía. Fue entonces que primero soltó una mano, luego la otra, y ya, libre de la piedra que lo mantenía a flote, se dejó arrastrar al fondo del océano sin siquiera percibirlo. Una vez allí, se sintió reposar en la hierba de los vergeles y sonrió una vez más; mientras, la bestia, entre movimientos oscilantes con cierto aire sensual se aprestaba a convertir el ensueño en un verdadero infierno.